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La Raza

El texto que sigue a este párrafo fue presentado en el Concurso Microcentro Cuenta Cuentos de Terror en febrero de 2025. No sacamos ni un trapo viejo.

Le habían dicho que era por una semana o diez días, a lo sumo quince. Aunque no le molestaba viajar a Buenos Aires fingió cierto fastidio para que no se la llevaran tan de arriba y lo mandaran a un hotel como la gente. Después de todo, se lo estaban pidiendo ellos: Uno de los representantes había desaparecido sin explicaciones y necesitaban que lo reemplazara ante los clientes extranjeros hasta que pudieran encontrar un sucesor digno. Calculó que si lo mandaban a atender a los gringos no era sólo porque hablaba bien el inglés, sino porque, además, estaba haciendo bien las cosas. Que paguen un buen hotel entonces.

Cuando salió de Aeroparque llovía como lo había imaginado pero el aire no estaba tan fresco. Apenas alcanzó a dejar la valija en el lobby cuando se lo llevaron a la oficina: un café, unas instrucciones más o menos rápidas y de nuevo a la calle. Aunque ya había visitado Buenos Aires varias veces, se permitió el modesto asombro de observar la dinámica curiosa de la ciudad: en el microcentro porteño se llega más rápido caminando que en auto a casi cualquier lugar. La caminata hasta la oficina de los clientes les llevó un poco más de quince minutos.

El día pasó como la lluvia. La charla, las sonrisas, los apretones de manos y las presentaciones le resultaban fáciles. Sus clientes y sus superiores confiaban en él, en cómo ejecutaba precisamente los protocolos sin brillo ni estridencia, pero con eficacia. Limpio. Los gringos, en cambio, estaban colorados e incómodos por la humedad y el esfuerzo de bailar sobre el límite de la corrección, el terror a decir o hacer algo impropio ante la gente que de alguna manera les parece inferior, la amabilidad rígida con la que le hablamos a la señora que vende flores. 

Para su alivio nadie lo invitó a cenar. Al volver al hotel sobre la Diagonal Sur pudo mirar la fachada con un poco más de calma: de piedra gris, aluminio pintado de negro y ventanales altos. Simple pero elegante, un monumento oscuro, una bestia de sombra

just above my chamber door;
And his eyes have all the seeming of a demon’s that is dreaming
”.

 Le sonrió al recuerdo y entró de una vez. 

  • ¿Su nombre, Señor?
  • Román Chagal
  • ¿Cómo el pintor? – el recepcionista no trataba de ser amable
  • Pero con una sola L y sin talento – Nada, ni una sonrisa.

Por fin se pudo duchar. Era un alivio sentir las gotas calientes que le bajaban por la cara y por el cuello. Recién al salir del baño se dio cuenta de que la ventana de su habitación daba justo frente a las cariátides de la Legislatura porteña. Se quedó ahí quieto, sin saber del todo si las estaba mirando o eran las estatuas las que lo miraban. Ensayó una reverencia sin soltar el toallón, cerró las cortinas y se vistió para bajar a cenar.

El bife de chorizo había estado demasiado cocido para su gusto, pero casi nunca conseguía que le sirvieran la carne al punto que pedía. No consiguió probar la ensalada. Salió a la vereda a fumar y se encontró al recepcionista amargo que, sin que se lo pidiera, le acercó fuego. Los hombres que fuman se comunican entre ellos como si el hábito quitara cualquier barrera, se hablan como si el humo los hermanara.

  • ¿Usted sabía que acá mismo se fundó la ciudad?
  • ¿En esta misma vereda?
  • Un poco más para San Telmo, algunos dicen que en Parque Lezama pero no fue tan lejos. Los indios los corrieron y los encerraron en su propio fuerte, eran ásperos. Cuando empezaron a pasar hambre la cosa se puso fea: unos hermanos españoles mataron y se comieron un caballo; por ese crimen los torturaron y los ejecutaron en la horca, pero a la noche los demás los destazaron y se comieron los cuerpos de los condenados, así sin descolgarlos, como si fueran reses. Al final el rey tuvo que decretar que el canibalismo no era pecado y por un tiempo estuvo permitido comernos entre nosotros – ahora si sonrió - en realidad dicen que era costumbre de los mercenarios alemanes que trajo Pedro De Mendoza.
  • No sabía nada de eso

El recepcionista apagó el cigarrillo pisándolo y soltó con el humo, despidiéndose:

  • Debería conocer nuestra historia, compañero.

A Chagal le gustaban sus sueños; no se los contaba a nadie porque es de pésimo gusto aburrir al otro. Bueno, la verdad es que no quería habilitar a los demás a que le contaran sus propios sueños, esa muerte lenta. También odiaría enterarse de que los demás tenían sueños tan particulares como los suyos. Esa noche soñó con la misma calle del hotel: la misma diagonal pero casi sin luces. No se distinguían las fachadas. Primero oía los ladridos y aullidos de decenas de perros que corrían enloquecidos, huyendo de unos lobos negros, enormes, que los iban devorando. Luego, pegado al cordón venía un barrendero, empujaba un carro mientras barría y al llegar a su lado se detenía y lo miraba como esperando algo. Chagal escuchaba su propia voz lenta, como si tuviera la boca llena de aceite: “sedanéM”.

El barrendero sacaba entonces un libro enorme del carro y se lo entregaba con ceremonia ritual. El libro era de color bordó. No sólo las tapas, sino también las hojas. El título se retorcía y decía en sonidos dorados: Debería Conocer Nuestra Historia. 

La mañana siguiente se deslizó como un tobogán con fiebre; para el mediodía se encontró de nuevo solo y ya no se alegró tanto: escuchó como sus compañeros porteños organizaban un almuerzo al que no lo invitaron. 

Aprovechó para conocer un restorán alemán sobre Lavalle que le habían recomendado los gringos (tan mañosos para comer) y que estaba hacia el bajo. Por fuera no había nada alemán, ni el nombre, apenas un cartelito colgante de madera con un cerdo montado en una bicicleta. Por dentro sí: las vigas de madera oscura, el techo empinado y bajo, las paredes cargadas de cuadros y fotos, las ventanas chiquitas. Las cortinas eran curiosas: tapaban la mitad superior de las ventanas y uno veía entonces sólo los cuerpos de los que pasaban por la peatonal, cuerpos sin cabeza.

  • Este lugar está lleno de gente

Chagal se dio vuelta sobresaltado y se encontró con la mesera: una mujer rubia y bajita, con ojos y boca demasiado grandes para su cara. Tenía la boca rodeada de arrugas y los ojos azules no se movían. Lo miraba como miran los pájaros.

Chagal miró alrededor y otra vez a la mesera con un gesto de perplejidad porque era el único cliente en el restorán.

  • Aquí por el bajo murieron muchas personas ¿sabía? Por la fiebre amarilla. Todos esos están por acá todavía. Se ven y se escuchan, cambian de lugar las cosas.

Siguió mirándola inmóvil sin saber qué responder. Cuando amagó a pararse para irse la mujer sonrió, o más bien hizo una mueca mostrando los dientes y le apoyó una manito en el hombro: 

  • Es un chiste, no se asuste ¿Qué le puedo ofrecer?
  • Bueno – murmuró - me dijeron que el spaetzle de aquí es excelente
  • ¡El mejor! Pero el secreto está en el goulash, usamos una carne única.

La mujer se perdió en el fondo y Chagal se quedó solo en el salón. Pensó que la opresión venía del mal chiste, del techo bajo y del silencio. ¿Por qué no pondrán música?

El spaetzle era de verdad excelente. Pero tuvo que comer incómodo y rápido, con esa mujer que no dejaba de mirarlo desde el hueco entre los mostradores, parada inmóvil con las manos cruzadas sobre el delantal.

No dejó propina. Cuando ya sentía el alivio de irse, casi llegando a la puerta de salida la vieja lo volvió a llamar:

  • ¡Se deja el libro señor!
  • ¿Qué libro?
  • Su libro, lo dejó aquí en la mesa

En la mesa había un libro. El libro bordó con letras doradas en la tapa.

  • No, ese libro no es mío – Chagal tenía la boca seca
  • Cómo que no, lo trajo usted ¿ve a alguien más aquí? No ¿verdad? Y no estaba de antes porque aquí la que prepara las mesas soy yo – El tono era tranquilo, pero desafiante.
  • Claro, tiene razón, qué cabeza la mía.

Cuando atravesaba la puerta de salida, mezclado con el ruido de la calle alcanzó a escuchar el saludo: “¡No la pierda!” 

El libro le pesaba una tonelada en el portafolios, casi lo sentía latiendo. 

Durante la tarde trató de no pensar y se concentró en lo que pedían los gringos. Tomaba notas en inglés con una letra un poco desprolija (es más rápido que traducir para escribir) y se preguntaba por qué no se aflojaba la corbata.

De regreso al hotel prefirió pedir que le subieran la cena para poder examinar con tranquilidad el libro.

Aunque las tapas eran de color bordó, las hojas eran claras, amarillentas. No estaba impreso, si no escrito a mano con una tinta a veces espesa, a veces aguada, oscura pero no negra. Más que un libro era un cuaderno de notas, un diario.

La primera hoja estaba en blanco. En la segunda, como toda presentación había una cita:

…y creó Dioses a Lilith a su imagen y semejanza
para que de ella descendiera su raza,
y creó después a la humanidad, para su alimento.”

Luego, sin prólogo ni introducción de ningún tipo se desataba un caos de anotaciones, listas, cifras, dibujos y mapas. Como un catálogo de la muerte y de la locura ahí estaban detalladas las masacres y los genocidios. Para los aztecas la sangre aceitaba las ruedas del universo. Los antiguos griegos usaban para los sacrificios de cien bueyes la palabra “hecatombe”: más tarde se usó para definir la muerte de multitudes. De la misma manera este cuaderno maldito parecía buscar el favor de un dios o de una entidad colectiva revolviendo minuciosamente el sitio de Cartago, la cruzada Albigense, la Inquisición, el sangriento desembarco en La Española, el Imperio Otomano masticando el pueblo armenio, Stalin, el holocausto, Camboya. Los mapas señalaban un curso migratorio: por dónde iba y dónde se detenía a reunir fuerza - a alimentarse – por dónde se abrían ramas. Desde el norte de Asia y hacia el oeste, de la India a Sudáfrica, de Europa al Caribe, de Sanlúcar de Barrameda a Buenos Aires. A medida que las entradas se hacían más recientes, la letra parecía más apresurada, un poco desprolija.

Chagal no recordaba haberse dormido. Soñaba que estaba en la cama del hotel, inmóvil y a oscuras. No estaba solo. Apenas podía girar la cabeza: a la derecha estaba la puerta de la habitación, abierta. Contra la luz que entraba del pasillo adivinó las siluetas negras de los gringos y del recepcionista. A la izquierda las cortinas de las ventanas estaban cerradas pero, de una manera extraña, podía ver a las cariátides que se acercaban mirándolo como miran los pájaros y mostrando los dientes en una mueca.

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